La cara más espectacular de Cabo de Gata es la que solo se ve desde el agua: 50 kilómetros de costa volcánica con acantilados negros, arcos de roca, cuevas marinas y calas encajadas a las que no llega ninguna carretera. El paseo en barco es la manera cómoda de recorrerla —sin remar, apto para todas las edades— y de asomarse a los rincones que desde tierra quedan escondidos.
Las salidas parten sobre todo de Las Negras y de Agua Amarga, en el lado noreste del parque, que es donde están las calas más aisladas: Cala del Plomo, Cala San Pedro —con su antiguo poblado sin acceso rodado—, el Playazo de Rodalquilar bajo el castillo de San Ramón, o el Arrecife de las Sirenas al pie del faro. Según la ruta y la duración, el barco bordea la costa parando en los puntos de interés y, en muchas de ellas, con tiempo para un baño.
Hay recorridos cortos, de una hora, centrados en el tramo más cercano, y rutas más largas que alcanzan las calas del fondo. El itinerario exacto y hasta dónde se llega dependen del operador y del estado del mar: el Cabo de Gata es una costa abierta, y algunas calas solo se alcanzan si el tiempo acompaña, así que conviene confirmarlo al reservar.
Es un plan de mañana o de tarde, tranquilo y para toda la familia, que resuelve justo lo que esta costa pone difícil: llegar a sus mejores calas.