En Somo casi todo el mundo mira al mar abierto, donde rompen las olas que hicieron famoso al pueblo. Los cursos de paddle surf miran hacia el otro lado: hacia dentro, a la ría de Cubas, un brazo de agua que se mete entre praderas detrás de la duna y que se queda plano cuando el Cantábrico está revuelto. Ahí es donde se aprende a remar de pie, porque el equilibrio se construye antes en agua quieta que peleando con la espuma.
La progresión es rápida. La primera media hora se va en subirse, caerse y volver a subirse; en la segunda ya sales remando en línea recta y girando la tabla sin bajarte. Lo que se enseña es concreto: dónde poner los pies, cómo clavar la pala sin escorar, cómo girar con un remo de apoyo y cómo levantarse desde la posición de rodillas.
Hay tres formatos. La clase de una jornada son dos horas en grupo de dos personas, que es el punto de partida más rápido. El curso de fin de semana reparte cuatro horas en dos días, en grupo pequeño, y da tiempo a asentar la técnica hasta poder salir por tu cuenta. Y para grupos grandes hay un formato de cuatro horas con tablas individuales y bigsup, esas tablas gigantes en las que reman varios a la vez y en las que alguien siempre acaba en el agua.
La tabla, el remo y el neopreno van incluidos, y se sale desde una escuela con vestuarios y duchas. Se puede aprender desde los ocho años.